Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.
Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras, revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano al marqués exclamó:
—¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!
—Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez, dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si mañana me dice Esperanza... ó Amina, como querais; «¡Defiende mi corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate.
—¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?
Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende á las miserias del mundo.
—Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»
El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable:
—¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.
—¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!