—Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.

—Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la sultana Amina.

—Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.

—Tú no eres lo que pareces.

—¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.

—¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros!

—No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye... guárdate: porque si te atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.

—¿Me retas?

—Te aconsejo.

—¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.