—Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia, haria caer sobre tí mil puñales.

—¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo, trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!

—Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aquí.

—¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir! ¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!

—¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.

Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna.

Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion.

—No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal... muy mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y avisémosla de lo que aquí ha pasado.

Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por aquella puerta con su carga.

CAPITULO X.