En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo.

El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna contigua.

La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió, y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.

Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad.

—¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués: aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria... y luego... luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre... no se puede ver á Amina una vez sin amarla... el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir... y acaso me engañe... porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche á la taberna... pero á mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo... yo me he puesto á su paso en la montaña... tal vez solo ha tenido con el marqués una aventura galante... y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir á la cita de doña Inés.

Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigió sin vacilar al postigo.

Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.

Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.

—¡La Dama de la montaña! exclamó.

—Seguidme, dijo la joven.