Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monfí.
La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante pálido y severo de Amina.
—¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.
—¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo.
—Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.
—He pensado delirios, prima.
—¡Delirios!
—Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la felicidad.
—¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?...
—Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.