Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.
Doña Ana le recibió.
En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á sus miradores.
Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una mano, y dejó caer un billete á la calle.
Aquel billete decia únicamente:
«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»
Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que, aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.
Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no reparé en nada.
Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.
Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió de la mano y me llevó á un pequeño retrete.