El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos momentos de silencio continuó:
—Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato: lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola: nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso? Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven, en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera: esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada del alma, me decian: ¡yo te amo!
Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en que yo fuese su esposo.
Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana, piadosa y ardientemente caritativa.
Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.
Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora: cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon: al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y seguíanla una dueña y un rodrigon.
Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria, aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y rápida. Despues desapareció.
No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana: esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.
Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me dió modestamente las gracias.
Asi pasaron quince dias.