—Tu madre estará inquieta.

—Mi madre me ama en extremo, señor.

—Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.

—Muy bien, señor.

—Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.

—¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!

—Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.

—Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.

—¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.

—¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.