Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana á maese Pertiñez.
En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.
¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.
Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó lentamente su semblante á aquel seno y le besó.
En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.
Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno con los encajes.
—¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.
—Estaba adorando vuestra hermosura.
—¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?
—¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.