—¿Y qué habeis comprendido en mí?
—Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.
—¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre.
—Yo os doy la mujer á quien amo.
—Y yo el hombre á quien adoro.
—A falta de ese hombre.
—Acepto vuestro amor.
—A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.
—Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina...
—Se ha convertido ya.