—Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado...
—Si.
—¡Oh! pues debeis vengaros.
—Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.
—¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible!
—Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcángel de fuego de mi vida.
—¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando en vuestra venganza!
En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satanás.
—Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.
—Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.