—¡Remordimientos!
—Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente, sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir, destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre.
No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, señora.
—Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño...
—Que tal vez mañana...
—¿Quien sabe?
—Os juro no perdonar nada por vengaros.
—Yo os lo juro tambien.
—Os seré fiel como la espada á la mano.
—Y yo á vos como el veneno á la muerte.