—¿Y el señor Salvador Godinez?

—¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á ese hombre seria capaz de huir con Satanás.

—El cree que no le conoceis.

—¿Le conoceis vos?

—No, pero creo...

—Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á mi no se la engaña mas que una vez.

—Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?

—Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos. ¿Como os llamais?

—Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.

—¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?