—¡Ah! y acaso el emir de los monfíes...

—Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.

—¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!

Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.

—¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!

—Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á todo?

—¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!

—¿Os falta dinero?

—Tengo unos cien doblones.

—Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga.