—¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?...

—¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?

—Luego... un viaje de algunas leguas á caballo...

—Pero vuestro caballo es fuerte...

—¡Oh! ¡sí!

—¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?

—Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.

—¡Oh! pues entonces, esperad.

Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras una puerta de cristales.

No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio, sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendió enteramente al diablo.