Angélica volvió enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo manto, tomó el cofrecillo de sus joyas, puso en él las que tenia puestas cuando llegó Aben-Aboo, cerró el cofrecillo y le entregó al jóven que le puso debajo del brazo. Luego se asió al otro brazo de Aben-Aboo, y apagó la luz.

—Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Angélica en medio de las tinieblas, con un acento tal, que erizó los cabellos del supersticioso Aben-Aboo. Voy á deciros el mio y mis intenciones. Pertenezco á la familia mas ilustre de Venecia, y en la córte de las Españas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis respondido á mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.

Y tras estas palabras, resonó, entre las tinieblas, un doble beso, ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas condenadas.

—Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa Angiolina Visconti.

CAPITULO XII.

De cómo fue la proclamacion de Aben-Humeya.

A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.

Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa pertenecia á un moro rico.

Aben-Humeya, estaba completamente vestido á la castellana, con un trage de terciopelo negro.

En la casa no se oia el mas leve ruido.