El jóven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se apodera de todo el que está á punto de cambiar de posicion y de destino de una manera grave y trascendental.
Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.
El jóven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.
Aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando resonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, y apareció un moro completamente vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con una linterna encendida en la mano.
Aquella noche era para don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, una noche de fantasmas blancos.
—Sígueme, le dijo el moro.
Aben-Humeya tiró de una manera resuelta tras el encubierto, que atravesó algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abrió una puerta, pasó por ella, y empezó á descender por unas estrechas escaleras.
Aben-Humeya le siguió.
Ya á bastante profundidad, el moro abrió otra pequeña puerta chapeada de hierro mohoso, y tiró adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.
Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa gris, dura y reluciente.