Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abrió y empezó á subir por otras escaleras.
Abrió al fin otra puerta, hizo atravesar á Aben-Humeya algunas habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular ricamente ornamentado y alhajado:
—Espera aquí.
Y cerró con llave la puerta.
El jóven notó que sobre algunos almohadones, que constituian los asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.
El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su semblante.
No pasó mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de otra de las puertas de la estancia, que se abrió y dió paso á un hombre grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro en la cabeza.
Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya creció.
—En este momento, dijo á Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y walíes de las Alpujarras. ¿Estás dispuesto, Aben-Humeya?
—¿Quién eres tú que te me presentas con las insignias de rey de los creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio en la cabeza? preguntó con recelo el jóven.