—Soy el emir de los monfíes de las Alpujarras, el primo hermano de tu padre, tu tio, contestó Yaye-ebn-Al-Hhamar, que él era.
—¡Ah, señor! exclamó Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su voz: ¡ah señor! ¿con que vos sois ese noble y poderoso pariente que tanto ansiaba conocer?
Y Aben-Humeya, se arrojó á los piés de Yaye, y asió sus manos, sobre las cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rodó una lágrima del emir.
—Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran á tu costado la espada de la conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.
—¿Y vos, señor? exclamó hipócritamente Aben-Humeya.
—Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de valientes, que vivían y viven sueltos y libres en la montaña: esos valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfíes nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir á los moriscos de Granada, de Almería y del Almanzora: «héme aquí, descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras, durante veinte años, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada de Islam; reconocedme y juradme vuestro señor y venid armados bajo mis banderas.» Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho á la corona de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives tú: el Altísimo me ha negado hijos...
—Pero te ha dado una hija que es un arcángel del sétimo cielo, señor.
—Ya sé, ya sé, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se determina de qué manera serás rey de Granada, y el órden de sucesion de la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como tú lo eres: que como tú tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo impide seran esposos.
—Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su matrimonio, que yo rompiese el mio...
—Tu casamiento con mi hija es imposible, exclamó profundamente conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora á su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido hacer por tí, por tu engrandecimiento lo he hecho; serás rey de Granada; cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo haré, y serás rey vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altísimo en sus bondades se digna concedérnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro; cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de la vida, pasaré á Africa, y te dejaré dueño absoluto de tu herencia. Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y seré tu padre y tu señor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto; vístete esas ropas, cíñete esas armas y vamos; es necesario que los que te esperan no se impacienten.