Aben-Humeya empezó á despojarse en silencio de su traje castellano, sustituyéndole con el musulman.

Hubo un momento de silencio.

—¿Y estais seguro, señor, dijo de repente don Fernando como si hubieran nacido sus palabras de un recelo, que no habrá quien quiera disputarme la corona?

—Peor para el que á ello se atreva, dijo con una autoridad llena de confianza Yaye.

—Sin contar con el brabío Farax-aben-Farax, que como descendiente de Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas omniades.

—Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento á su valor, haciéndole la segunda persona despues del rey; Farax será alguacil mayor del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y puesto que ya has cambiado de ropas, sígueme.

Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas habitaciones, llegaron á otra mina y al fin de ella Yaye despidió al moro, y asiendo una mano al jóven le condujo á oscuras á una habitacion en la que entraba una escasísima luz, por los claros de la celosía de una ventana árabe que parecía corresponder al interior de una habitacion iluminada.

Yaye condujo á Aben-Humeya á la celosía.

—Espera aquí le dijo: mira y escucha.

Aben-Humeya apoyó su trémula mano en la columnilla de la ventana y miró á la habitacion que se veia desde ella.