Era extensa y magnífica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada; bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnífica alfombra, un divan; á cada uno de los ángulos de las gradas sobre la alfombra del pavimento general almohadones, destinados á los katibs ó secretarios: alrededor de la estancia corría una galería de arcos, entre los cuales pendían ricos tapices; á lo largo de estos arcos corría un divan, y mas hácia el centro, paralelos á los divanes de los costados otros dos: entre estos dos divanes, en el centro de la cámara, habia cuatro almohadones superpuestos de riquísimo brocado, y sobre estos almohadones vestiduras régias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada desnuda.
Una lámpara de seda pendiente del techo iluminaba la cámara.
Cuando Aben-Humeya se puso á observar tras la celosía, la cámara estaba llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros, muy pocos jóvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto á la celosía Aben-Humeya, se levantó el tapiz de uno de los arcos situados junto al dosel y una voz sonora dijo:
—¡El poderoso emir de los monfíes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!
Inmediatamente, un profundo silencio sucedió á la agitación anterior, los moros se colocaron en órden junto á los asientos, los secretarios ocuparon su lugar á los piés del dosel, y Yaye entró precedido y seguido, de guardias wazires y walíes y ocupó el dosel: todos estaban de pié é inclinados.
A la derecha del dosel junto á los guardias se veian dos hombres que ya conocemos: eran don Fernando de Válor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y el faquí Abul-Hassam.
Un poco mas allá fijando en los anteriores una mirada profunda y recelosa se veia otro hombre como de cuarenta años, de semblante enérgico y brabío. Aquel hombre era Farax-aben-Farax.
Yaye estaba de pié sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho estaban de pié é inclinados.
Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuchó reposada magestuosa y grave la voz de Yaye.
—Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, héme entre vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo á vuestro llamamiento. Sentaos y escuchadme.