Todos se sentaron; Yaye se sentó pero en una actitud valiente inclinado hácia el concurso á quien dominaba desde su alto asiento.
—Veo reunidos aquí, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin, el prudente Aben-Coraixí, la familia entera de los Homaiditas, el fiel Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga, el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el último que queda de la generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los demás son mis walíes, mis brabos walíes, los que acaudillan mis monfíes, y tienen siempre teñidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestándonos su ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para iluminarnos con su ciencia el sabio faquí Abul-Hassam.
Detúvose un punto Yaye y luego continuó.
—El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de los monfíes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupará un asiento en este trono á mi derecha, será mi hermano, y como nos habremos sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para levantaros mi ejército, y ya está aparejado y pronto para la pelea. Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha de gobernaros.
Guardó silencio Yaye, y seguidamente se levantó el xeque mas anciano del Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta que lo que se podia esperar de sus años.
—El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres, ó de gemir y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir, nobles hermanos. Los capítulos que hace tanto tiempo estamos evitando que se cumplan, van á ser al fin llevados á cabo, ¿qué digo que van á ser llevados? ¿Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el presidente Deza no se atreven á entrar en nuestras casas? ¿no obligan á nuestras mujeres á que lleven el rostro descubierto? ¿no nos vedan nuestros baños? ¿no nos obligan á tener las puertas abiertas el dia de viernes y los domingos? ¿Ya cuando nace entre nosotros un desventurado, podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa, regístranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan. Llevan nuestros pequeñuelos á las iglesias y los bautizan: oblígannos á ir á misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de predicarnos abominaciones, sacan un papel y allí nombran desde el mas pequeño hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. ¿Pero á qué he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros, ni aun para excitar vuestra cólera que harto sublevada está contra tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfíes nos ayuda, abreviemos de pláticas y elijamos rey que nos gobierne.
Sentóse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer, tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hácia el centro.