Farax-aben-Farax.
—Sí, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso representar nuestras miserias á algunos que creen que aun pueden esperarse treguas de nuestros verdugos, y ¿por qué no hemos de justificar la causa que nos impulsa á levantarnos armados con toda nuestra indignacion? ¿por qué no hemos de recordar la opresion en que estamos, sujetos á letrados y legos y no menos esclavos que si lo fuésemos? ¿Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranías y tributos, y privados del asilo en los lugares de señorío y en las iglesias, haciéndonos con esto de peor condicion que los castellanos, pero obligados bajo pena de dinero á ir á rezar á las iglesias? Los clérigos se enriquecen á costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni en los hombres, los cristianos nos desprecian llamándonos moros, y los moros nos niegan su ayuda creyéndonos cristianos: mándasenos que no hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en qué lengua nos hemos de expresar, ni cómo pedir las cosas; como sino se pudiese ser cristiano hablando en arábigo, y moro hablando la lengua castellana. Llevan á nuestros hijos á sus congregaciones y á sus escuelas, y les enseñan artes prohibidas por nuestra ley: á cada momento nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseñanza de sus padres, y llevarlos á extrañas tierras, donde olviden nuestras costumbres y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendraron y de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir el castellano, como si trajéramos la ley en el vestido y no en el corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya) para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha de vestir: para llevado es prohibido; para vendido inútil. Si mendigamos, nadie nos socorre como á pobres, porque somos pelados como ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra Castilla, que, cuando casó su hija el famoso Alí-Athar, alcaide de Loja, pariente de algunos de los que aquí nos hallamos, se vió en la necesidad de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado criado y mantenido, y nos vemos sujetos á otra nueva pérdida. ¿Quién nos servirá? ¿qué haremos, cuando á nuestras hijas y á nuestras mujeres que van con los rostros cubiertos á servirnos y á proveer de lo necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se sabe cuál es la que da ocasion á la avilantez de los codiciosos. Nos obligan á tener las casas abiertas, para que pueda entrar á todas horas el ladron, el impuro, el adúltero. Nos quitan la alegría de nuestras fiestas y nos prohiben los baños, que son la salud y la limpieza de nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20]. ¿Y queréis que no recordemos tales injurias? ¿quereis que no digamos á cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos?
Reunion de los moriscos para elegir rey.
—Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras: veinte años y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro nuestra servidumbre: ¿será que ahora tambien ha de quedarse todo en palabras?
—¡Acuérdate Farax! dijo con voz grave Yaye: ¡acuérdate! hace veinte y dos años, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de piezas de artillería; un pregonero nos leyó su edicto, cuyos capítulos nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. Tú y yo, y muchos de los que aquí estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en silencio, transportados de cólera aquel pregon infame: entonces... ¡acuérdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos, llamé al pueblo á la insurreccion: entonces ¡acuérdate, Farax! entonces, dijiste tú: ¡no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo: ¡Tenemos oro! los jóvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero, para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del edicto. Yo comprendia demasiado aunque jóven, que no haciamos mas que dar largas á la tiranía, que el oro acabaria por concluirse y que seria tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han sufrido veinte y dos años de martirio inútil, durante los cuales el vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos. Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaña, no podemos acusarnos de haber contribuido á las desgracias de la patria con nuestro apocamiento, con nuestra cobardia.