—¡Nos llamas cobardes! exclamó cerrando los puños y lívido de cólera Farax-aben-Fraax.

—En una sola ocasion, continuó Yaye, sin dar muestras de haber notado el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfíes, mi padre murió peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedábais solos, temblásteis de espanto y corrísteis, arrojando las armas, á esconderos en vuestras casas.

Levantóse un murmullo de disgusto.

—Por mas que os pese, digo la verdad, continuó con energía Yaye levantándose del divan; y testifican esa verdad los veintidos años de ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la patria; yo he herido en el corazon al rey de España, y para herirle me he herido á mí mismo: yo os he incitado contínuamente al levantamiento, y vosotros habeis contestado siempre á mis excitadores: ¡tenemos oro! ¡os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan general! ¡os habeis llamado fieles vasallos del rey de España, habeis confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y no habeis preferido á tanta humillacion, á tanta deshonra, el ir á vivir entre las breñas donde viven mis monfíes, cambiando con el cristiano, como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre!

Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye.

—Al fin me habeis llamado, continuó este despues de un momento de silencio: al fin habeis recurrido al último extremo: á la guerra, cuando ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de España os despedazan despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas...

—Pero tenemos sangre, emir, contestó levantándose con una energía superior á sus años el viejo Abul-ben-Eden.

—Me habeis llamado y he venido, continuó Yaye; no teneis oro ni armas: pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon está desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros y os lo sacrificaré. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: sé que me elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os prevengo que sera inutil que me elijais por que no habrá poder humano que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi voluntad es firme como una roca. Elegid, pues, á otro. Pero antes, y como sé que hay algunos que aspiran á la corona de un reino que aun existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se encuentra España en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo funesta que seria para la patria una division entre nosotros. España esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni galeras: sus ejércitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y cabos del ejército disgustados: Europa entera se conmueve bajo una terrible lucha religiosa, en que combaten los católicos con los sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II, que nos ayudará con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos todos como hermanos contra los ejércitos del rey de España, las Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las montañas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas nuestras fuerzas, si obedecemos á una sola voz, si caemos sobre Granada y la entramos (que no es difícil), al ver nuestros pendones clavados en el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo, nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran á ayudarnos, y formidables ejércitos inundaran la España, é innumerables galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de breña en breña, y de valle en valle, nos abandonaran á nosotros mismos, que no podremos resistir á los ejércitos de España: sino hemos de luchar como debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, seámoslo sin irritar con la resistencia á nuestros enemigos. Es cuanto tenia que deciros. Elegid rey.

—En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una eleccion, nuestros abuelos consultaban á los sabios, á los alimes de Dios, y el Altísimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: ¿por qué no hemos de hacer ahora lo mismo?

—¿Y quién es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax?