—¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

—Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido: amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te he puesto al paso de esa mujer.

—¡Vos, señor!

—Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor, con quien vive doña Isabel.

—¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

—¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

—Ella, señor, muere por mí.

—Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

—Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son renegados.

—¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu amor... al suyo... y acaso la has despreciado?