—¿Y que hicísteis del fraile?

—Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio, Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

—¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

—Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu madre?

—Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

—¿Que existe? ¿que la has visto?

—Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos... porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura, pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida, con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla, que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre se llama...

—Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf, que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su madre.

—¡Cómo! la conoceis, señor.

—Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima hermana.