El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba severísimamente á sus feligreses, y á pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa á una mocetona de veinticinco años, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca, morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido á servir á su casa al eclesiástico.
De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un triángulo terrible: el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella, tres corazones de pedernal.
Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban á dar en los alguaciles, entrando por último á la parte el sacristan maese Barbillo, especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipócrita para que el señor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor asenso á las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra todos aquellos que no reconocian su influencia.
El teniente, dejaba á título de rebeldes á aquellos que tenian la desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor, multaba, encerraba, atormentaba y ponia á la vergüenza, siempre con pretexto de una infraccion de las pragmáticas, á aquel contra quien, por cualquier fútil motivo, habia contraido ojeriza; por último, el licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su exagerada severidad religiosa otras, afligia á aquella pobre raza vencida.
El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prendía; el beneficiado, á pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores de diez años, para enviarlos á los hospicios del rey, donde debian aprender á ser buenos cristianos.
Lo que decimos, pues, de Cádiar, podriamos decir de cualquiera de las demás poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.
¿Y por qué no huian de aquella region maldita?
Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del cristianísimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma manera.
Podían haber pasado á Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues de haber vendido sus propiedades, y embarcádose con su dinero y alhajas, eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor, arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.
Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan sobresalientes, entre las demasías de los cristianos.