—Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.

—¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!

—No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.

—Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al Altísimo y os bendigo.

—¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy pecador y aun estoy en el camino del pecado.

—¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma. Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo, una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los santos...

—No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico... y trino, dijo Yaye pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.

—Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos sois uno de sus elegidos.

—Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion para el rebaño del Señor.

—Vos la habeis hecho.