—Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos encerraremos.
—No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí estaremos bien.
Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde le siguió el eclesiástico.
Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.
—¿La habéis visto?
—Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he dicho cuán desesperado estais.....
—¿Y qué os ha contestado?
—Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años, le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.
—Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.
—Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado, y Dios os premiará.