—¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.

Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto, parecia la base de su carácter.

—¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!

—Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.

Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada de lobo escarmentado y salió murmurando:

—Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce, puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.

Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia en Cádiar.

Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.

Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye, solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su semblante y su mirada.

—Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le dijo.