—¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la hubiera dado al corregidor?

—Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara, cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?

—Adelante, adelante, maese Barbillo.

—A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.

—¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y encasquetándose el bonete.

—Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe de ser el diablo.

—Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid, maese, seguid.

—Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino para nosotros, y... mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.

—¡Os maltrató!

—Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la cabeza, y al barbero un brazo.