—¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado; ¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?

—¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.

—¿Un hombre que vive en el pueblo?

—Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se sabe donde, ni quién es, ni á que viene.

—¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.

—Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.

—Debiais haberme avisado.

—Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó qué venia á hacer porque...

—¿Por qué?

—Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:—«Vuélvete sino quieres que te envie á cenar con el diablo.»