—Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.
—Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia; hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de Flandes.
—¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.
—Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada, esta órden del Santo Oficio.
Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo Domingo, sello de la Inquisicion.
El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó, tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente legible.
—¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan pronto al Santo Oficio.
—¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego para los rebeldes y los descreidos!
Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.
—¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo Oficio apresuraba su visita por otro motivo.