—¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?

—El señor Molina de Medrano.

—¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una corporacion que le es muy conocida.

—Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos nuevos de las Alpujarras.

—¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es muy severo?

—Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo tampoco le conozco.

—Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado; repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.

Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.

—¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.

—Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.