—Iré, señor don Alonso, iré.
—Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor licenciado, y hasta la tarde. Adios.
—El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió, metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda duda ninguna; don Alonso es un santo.
—¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.
—¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado, que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad habituales.
—¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.
—¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?
—Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la misericordia de Dios.
—Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?
—Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.