—¿No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el emir de los monfíes?
—Si.
—¿No hay en él una cláusula por la que se acuerda el casamiento del hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?
—Si.
—Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en Madrid, sin duda alguna, á contar por el tiempo en que la dió á luz la sultana en las Alpujarras: esa niña es hija del capitan del presidio de Cádiar, el marqués de la Guardia, á quien adora Amina; que es su amante.
—¿La sultana amante del marqués de la Guardia? ¿y por qué no su esposa?
—Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqués de la Guardia en el Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqués buscaba á su amante, á Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha...
—Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano: peor para el emir.
—Si peor para el emir y para su hija, exclamó con acento reconcentrado Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cuáles son las otras mujeres que Satanás ha metido en nuestros asuntos.
—La sultana Amina bastaria; porque tanto tú como Aben-Humeya estais empeñados por ella: pero existen ademas tu tia doña Elvira y tu madre.