—¡Eso es mentira!
—Observa tu casa en las altas horas de la noche.
—Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.
—Tengo experiencia y te aconsejo bien.
Guardó por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.
—No hablemos mas de esto y vamos á lo que importa. Vos como capitan general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.
—Ha llegado el momento de probar tu valor.
—¿Es decir, que ha llegado la hora?
—Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchará esta noche sobre Granada, sublevará el Albaicin, acometerá la Alhambra, en la cual hay poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los cristianos se entregarán descuidados á sus fiestas de la Noche-Buena; acudiran á los templos á la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad ó por recelo, se mueven en nuestras montañas; la parte de compañía del marqués de la Guardia, que estaba en Cádiar, ha marchado á Yátor, pero en cambio, acaba de entrar esta mañana en la villa y de alojarse en las casas, la compañía de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.
—¡Cómo! ¿ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas infamias, vuelve entre nosotros?