—El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.
—¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.
—¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.
—¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre él?
—No lo sé, señora; dijo Mariblanca.
—Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.
—¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca cayendo de rodillas.
La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:
—Te he salvado la vida para que me sirvas.
—¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la súbita presencia de su padre.