—No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.
—¿Y en qué he de servir á vuesamerced?
—Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.
—¿Que va á hablar con tu señor?
—Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca convertida...
—¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doña Isabel?
—Si señora.
—Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un amante...
Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.