—¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.

Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.

—Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al Ferih.

—Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.

—Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí Aben-Jahuar, y luego añadió alto:

—¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?

—Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana.

—¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?

—Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.

—¿Y nadie mas?