—Continúa.
—Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.
—Ya lo sé.
—Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.
—Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.
—Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.
—Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero no sé lo que hablaron.
—Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la sacristía.
—¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?
—¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce.