—Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.
—¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.
—Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa de mi hermana.
—Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la envia á buscar doña Isabel.
—¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez á su casa?
—¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre.
—¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi hermana?
—Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.
—¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.
—Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados, y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.