—Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer.

—¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve! ¡quiere vuesamerced saber tanto!

—Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.

—Esa dama es muy hermosa.

—Lo sé.

—Y muy principal.

—Lo sé tambien.

—Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.

—Vamos al asunto maese Barbillo.

—Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!