Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.
—Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.
—¿Y no me encargais nada, señor?
—Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz cavernosa.
—Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.
—Si te necesito otra vez te buscaré.
Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, salió.
—No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora empecemos á obrar.
Y yendo á la puerta gritó:
—Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.