—¡Ah! ¡ah! ¡querida de un clérigo!... bien... pues mira aposenta á mi cuñado en tu casa, que yo voy á aposentarme en la del beneficiado.
—Como guste vuesamerced, dijo el Ansarí.
Diego de Herrera, como quien conocia el pueblo, se fué derecho á la casa del beneficiado.
Cuando llegó á ella no habia nadie mas que el niño de coro que servia á Mariblanca, porque en cuanto al clérigo solo se dejaba servir por la jóven.
Era demasiado persona un capitan de infantería española en aquellos tiempos y en tales circunstancias, para que un vecino, y mucho menos un niño, se opusiese á su voluntad. El capitan metió por sí mismo el caballo en la cuadra donde el beneficiado tenia su mula; entróse como por su casa en las habitaciones interiores, y en la mejor se echó sobre un ancho mueble, especie de sofá que el beneficiado, hombre cómodo si los habia, tenia para su regalo, y clavó sus espuelas en el damasco de los almohadones, sin importársele de ello un ardite.
—¿Dónde está tu amo? dijo el capitan al niño de coro que le habia seguido absorto.
—Está en la iglesia, señor, contestó aturdido el muchacho.
—¿Y no hay quien me dé de almorzar?
—No, no señor, contestó mas aturdido el muchacho: la señora Mariblanca está fuera.
—¿Quién está ahí? dijo una voz sonora y fresca á la puerta del aposento.