—¿Qué quieres? En primer lugar el soldado es del rey en cuerpo y alma, y es necesario ir á donde nos manda su magestad, sin que nos duelan prendas del alma: ademas que la última vez que nos vimos me trataste de un modo que no demostraba que tuvieses muchas ganas de volverme á ver.
—Te dí de puñaladas.
—Pero no me mataste, como me estas matando con tus ojos.
Y el capitan se sentó en el sofá, y echó á un lado el talabarte con la daga y la espada.
Mariblanca se habia acercado, y habia apoyado una mano en el hombro del capitan.
—¿Es verdad que mis ojos te matan? le dijo.
—¡Ah, diablo! me parece que respiro con dificultad, Alida, repuso el capitan rodeando con sus dos manos su cintura.
—A veces el tiempo que pasa hace milagros, dijo con un leve sarcasmo la jóven.
—Sí, si por cierto; el tiempo que pasa, cuando pasa como ha pasado por tí, hace el milagro de convertir á una niña bonita en una moza como tú ¡cien rayos! ¿sabes que seria capaz por tí de matar á todos los clérigos del mundo?
—¿Y por qué?