—Descansad cuanto querais, contestó Laurenti, porque no pasaremos de aquí: este es un escondrijo tan bueno, como que no hay un solo natural de las Alpujarras que se atreva á pasar junto á él, ni en cuatro tiros de arcabuz á la redonda: mirad bien: este es un agujero; ni hay en él arena, ni yerba, ni musgo, la roca pelada, negra y calcárea, únicamente: ni aun las águilas se atreven á anidar en ella: ¿veis ese pico, esa roca informe que se levanta allá abajo, sola y escueta, y cuya parte superior remeda groseramente una cabeza humana desgreñada?

—Si que la veo.

—Pues bien, los naturales pretenden que esa roca ha sentido alguna vez, que ha sido una mujer hermosa...

—Consejas de los montañeses.

—Yo os contaré esa conseja en otra ocasion: ahora solo os diré el nombre de esa roca.

—¿La bruja maldita, acaso?

—No, la princesa encantada. Pues bien, esa princesa nos va á servir de abrigo y refugio, y al lado de un buen fuego y despues de un excelente almuerzo, podremos hablar largamente de nuestros asuntos, puesto que tenemos de plazo hasta la noche.

—¿Y dónde encontraremos ese fuego y ese almuerzo?

—En las faldas de la princesa; conque, levantaos y vamos, que estando parados se hace mas sensible el frio de este aire maldito que zumba entre las cortaduras.

Laurenti se dirigió á la princesa encantada: siguióle Cisneros, dieron la vuelta á la enorme roca, y el comediante vió, que sobre algunas escabrosidades que remedaban bastante bien el repliegue de la falda de una estátua sobre su pedestal, habia una estrecha y negra grieta por la cual apenas cabia un hombre.