Laurenti y Cisneros subieron á ella, recorrieron un pasadizo estrecho y tortuoso, y se encontraron en un espacio densamente lóbrego.
—¿Y qué diablos vamos á hacer aquí á oscuras?
—Esperad, esperad un momento: este es mi palacio en el cual no falta nada.
—¡Ah! ¡teneis el don de hacer milagros!
—Bien podeis decirlo: solo hace tres dias que he descubierto este escondrijo y ya está habitable.
—¿Y como lo descubristeis? No hay senda hasta él, y siendo un lugar de maldicion para los naturales...
—Es verdad: está en el centro de una sierra, lejos de las veredas y de los pueblos; por lo mismo, yo que buscaba un lugar escondido y poco frecuentado, he dado con él.
Y entre tanto Cisneros, arrancaba chispas de un pedernal.
—¿Y como supísteis su nombre y su historia?
—¡Eh! ¡y que curioso sois amigo mio! observó Laurenti, haciendo luz en la yesca encendida con una pajuela de azufre.