—¡Diablo! exclamó Cisneros, al ver á la luz de la lámpara que habia encendido con la pajuela, Laurenti, el gran espacio en que se encontraban: nunca hubiera creido que fuese tan grande el vientre de la princesa encantada.

—Donde han dominado mucho tiempo los árabes y los moros, dijo Cisneros, se encuentran cosas muy singulares, especialmente en las montañas: los tales musulmanes son minadores como topos: ademas como andaban siempre en continuas guerras civiles, y en rebeldías contra sus emires ó reyes, necesitaban la mina para escapar en las ciudades, y en las montañas para esconderse, los antros y las grutas: venid, venid conmigo y vereis.

Y se encaminó con Cisneros á un oscuro ángulo de la caverna, y se metió por otro pasadizo.

—¡Ah! con que es decir, preguntó Cisneros, que solo hemos visto como quien dice, la antecámara.

—Menos aun, amigo mio; hemos pasado el zaguan, y estamos en las escaleras: ¿no notais que descendemos?

—Si por cierto.

—¿No reparais que por esta rampa cabe una cabalgadura?

—Si.

—Dentro de poco llegaremos á las galerías, solo que las galerías son mas estrechas que las escaleras.

—¿Qué bulto es aquel que hay allí? dijo deteniéndose Cisneros: parece un hombre echado sobre sus manos.