—Ya os digo que se dejarian coger y arcabucear por los soldados del rey antes de pasar de ciertas piedras que están puestas como señales alrededor de la síma.
—Pues os agradezco el que me hayais salvado de tal peligro.
—No habeis tenido mala suerte en que yo os vea. Ahora bien, he aquí el camino de Orgiva.
—Es que yo no iba á Orgiva, le contesté: por lo que me decís, me he perdido.
—¿Pues á donde ibais?
—A Cádiar.
—¡Diablo! pues teneis que desandar el camino, y un mal camino: atravesar el puerto que estará cerrado...
—No importa, solo que estoy cansado.
—Pues meteos en una cortijada, descansad y tomad un guia.
—No, no, prefiero otra cosa. ¿Me vendeis vuestro asno? le dije señalando el que llevaba en el hato.